ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO.
Dr. Andrés Matos Sena.

ÍNDICE
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
SOBRE NUESTRA RAZÓN EXISTENCIAL
Sobre nuestra razón existencial
Ensoñación
Soñé contigo madre
Me llevo todo lo que es mío
Descanso espiritual
Perfil de la deslealtad
Entre tristeza y soledad
La última soledad
Ganadores y perdedores
A la hija mía
De lo epocal a lo trascendental
La osadía de escribir
Un incrédulo recurrente
Lluvia de piedra
A propósito de ciertos sabios
Sobre el amor masculino y femenino
Entre recuerdos y olvidos
Una voz demandando otro tiempo
El hocico de la ancianidad
Una mirada al pasado
Liberación masculina
Huracán y existencia humana
Filosofía del alma
¿Se acerca la vida?
Quiero ser extranjero
Las caras de la vida
Periodismo y principios
Vida, ciencia y conocimiento
CAPÍTULO II
Sobre la educación
Antinomia de una educación pura
Conciencia crítica de la universidad
Hacia una sociedad del conocimiento
Sobre la centralización y descentralización
Educación superior: identidad y objetivos
La era de la escuela de hoy
El constructivismo educativo
¿Qué significa aprender y enseñar?
Violencia y escuela
Orden social y educación
Unidad de propósitos en las universidades
Libertad de enseñanza y aprendizaje
La universidad vigilada
Hidras de mil cabezas
Educación y candidez
Educación superior y globalización
Al maestro
Desafíos y riesgos de la educación
Educación, cultura e integración
Las gestiones de un maestro secretario de educación
Revolución educativa del siglo xxi
Maestros y rendimiento
Así tan sencillamente
Oligopolio o proliferación
Desagravio a un ex-secretario de educación
Al maestro en su día
CAPÍTULO III
Sobre derecho
La suprema y los fantasmas
La función social del abogado
La escuelita de párvulos de la suprema corte de justicia
Cara o cruz de la moneda
La mala fama de los abogados
Situación del abogado
La universidad y la facultad de derecho
Competencia del estado
Las repatriaciones haitianas
Reválida del título de abogado
Extradición y soberanía
Contrarreforma judicial
Colofón


ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO
Doctor Andrés Matos Sena
Santo Domingo, República Dominicana

PRÓLOGO

Un libro que no despierte expectación en el lector, ha de ser cerrado porque no es de provecho. Por el contrario, si ves que te puede servir de amigo, de confidente, compañero de vigilia, de aguijón en tu soledad y de rumbo en el camino, no te separes de él, pues en poco tiempo te llevará a puerto seguro.

Para ser escritor sólo basta con tener algunas frases que decir, pero que sean propias. La originalidad es la fragancia que perfuma cada párrafo por donde nuestras vidas van recorriendo en busca de novedades.

Escribir un libro es robar vida a la muerte. Con él te prolongas más allá de la existencia material y te conviertes en inmortal para los que te leen. Esto es lo novedoso de vivir.

Este libro no necesita prólogo, porque la mejor recomendación saldrá del lector audaz y generoso. Si es malo, quien lo recomienda se engaña así mismo.

EL AUTOR

INTRODUCCIÓN

Hace tiempo aprendí con Arnold Toynbee y Ernesto Sábato que unos hombres hacen la Historia para que los otros la padezcan. Los que la padecen son aquellos que la vida les negó la sonrisa, porque otros se la robaron y los condenaron a vivir en carne viva las carencias, los infortunios y adversidades.

En esta cosmogonía de barbarie me levanté como gavilán que se le soltó a la desdicha temprana, en pura adolescencia, cuando todavía no había despuntado el alba para los que sueñan con un mañana luminoso, dibujado entre cerros y montañas.

Dos hechos históricos marcaron mi adolescencia: la muerte de Rafael Leonidas Trujillo Molina, el 30 de mayo del 1961 y La Revolución del 24 de abril del 1965.

Con los vientos de libertad que airearon todos los rincones del país, descubrimos la llamada Democracia. Surgieron poderosos partidos como el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), La Unión Cívica Nacional (UCN) y el Movimiento Revolucionario 14 de Junio (IJ4) con sus líderes profesor Juan Bosch, doctor Viriato Fiallo y Manolo Tavárez Justo. A ellos tres se los tragó la madre democracia. Ese acto parricida obligó a la juventud a refugiarse en entelequias que eran puros cántaros vacíos, que sólo sirvieron para hacer ruidos y ahuyentar a los hombres de conducta rectilínea.

En el 1965, como producto del derrocamiento artero e incivilizado de que fue objeto el presidente más ilustre que hemos tenido (profesor Juan Bosch), desde el 1960 hasta hoy, advino una revolución que me tocó vivirla en mi más desvalida adolescencia. ¡Diecisiete años iba a cumplir!

Una desdichada tarde del 29 de abril de 1965, después de desembarcar 40 mil benditos gringos el día anterior, fui apresado junto a un grupo de jóvenes, adultos y viejos sin saber por qué razón. Ahí conocí la extraordinaria capacidad de los seres humanos de convertirse en bestias de la noche a la mañana.

El primitivismo que hay escondido en cada hombre afloró como volcán de lava incandescente en nuestros frágiles cuerpos de muchachitos imberbes. ¡Cuánta barbarie! Nos masacraron sin el más mínimo remordimiento ni arrepentimiento.

No contaré los horrores de la cárcel que tuvimos que soportar. ¿De qué vale revivir esos hechos que sólo laceran el alma creando odio sobre más odio? ¿Por qué reducirnos a la dimensión de seres caníbales de conductas propias de sicarios despreciables? Es preferible volar alto como gaviota para no ser derribado como ave de corral.

Pasada la Revolución de Abril de 1965 me interné en la Escuela Normal Américo Lugo de San Cristóbal, para estudiar magisterio durante tres años. Esos tres años (1965-1968) sirvieron para olvidar las ofensas y ocultar las heridas. Ya maestro, no caben los odios ni los rencores dejados por la intolerancia y el fanatismo, pero sí queda la huella indeleble.

Hoy, a los 37 años de ejercicio magisterial siento en el hondón de mi alma que nada más afortunado pudo haberme sucedido que servir a mi país a través de la Educación. Hemos recorrido todos los niveles del sistema educativo público y privado. Desde maestro hasta director general y desde profesor universitario hasta rector y fundador de universidades.

A nivel internacional me tocó el privilegio de ser elegido en Lima, Perú (1981) presidente de la Academia de Profesores para La Paz Mundial (PWPA). En los diferentes viajes que me llevaron a conocer varios países de los cinco continentes, pude, con toda sencillez y humildad, demostrar y comparar que cada país y región presentan fortalezas y debilidades en sus sistemas educativos, de manera recurrente, que nos hace reclamar mejores niveles de atención para una educación de calidad superior. No quiere esto decir que no tengamos una buena educación. Lo que sucede es que estamos sometidos a cambios profundos y acelerados, que si nos descuidamos despertamos ante un futuro incierto. Afirmamos que la adecuación convencional siempre será insuficiente para la demanda de conocimientos nuevos, pero a través de modelos y estrategias que permitan que sea la escuela o la universidad que vaya adonde está el educando. No al revés.

Vivimos una época de cambios para un cambio de épocas. Estamos ante el dilema de la realidad que cambia y no del cambio de la realidad. Nuestro desafío es montarnos en el carro de la revolución cuántica, informática, pateando el capitalismo global y salvaje a fin de llegar al puerto donde desembarcarán los sobrevivientes que construirán una nueva generación.

Frente a la geopolítica global, donde las soberanías de los estados se han convertido en una ficción (ya que sólo se ejecutan las políticas de las grandes naciones), debemos fortalecernos ante el enemigo que nos desorienta y nos deja sin brújulas en el desierto de la ignorancia. Ellos establecen sus nudos y sus nodos que nos aprietan y ahorcan y nos sacan de la órbita existencial, apurándonos un cáliz de contenido amargo y doloroso. Cuando nos “ayudan” es porque más atrás viene un barco con material radiactivo que hay que dejar pasar por las costas llenos de desechos tóxicos para depositar en nuestras playas (rocash).

Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la UNESCO, describe y define brillantemente cuáles son los nudos gordianos, advirtiendo que “ya no se puede –ni se debe- cortar los nudos con la espada, sino con el saber. Y, sobre todo, con la transformación de los modelos dominantes.

José Luis Parisí, Director Adjunto del Instituto Internacional de Cooperación Agrícola (IICA) señala “que para ser nodo de las grandes naciones se debe formar parte de sus grandes redes, haciendo aportes sustanciales. Quien no lo hace no existe”. Queda fuera de órbita, en un mundo donde nadie más nos acompaña. ¿ A eso se le llama igualdad de oportunidades?. ¡Qué burlones son!.

En su obra“Antes del Fin”, Ernesto Sábato describe esa irónica igualdad diciendo :“sueltan juntos a Lobos y Corderos, para que los Lobos se coman a los Corderos”.

Los lobos han establecido su dominio histórico mediante la imposición de guerras mundiales, la bipolaridad (Este-Oeste), el desarrollo desigual (Norte-Sur), la guerra fría, la conquista espacial, las dictaduras, la globalización y el asombroso incremento de la pobreza y la exclusión.

Para lograr estos objetivos fue preciso vender falsos valores y paradigmas llamados democracia, capitalismo industrial, socialismo democrático y la sustentabilidad de la globalización.

En este entorno oscuro y nebuloso sólo se percibe una ruta angosta y difícil para los pobres: Es que con conocimientos podemos conectarnos con los nodos representados por la automatización de la información, la conexión satelital, las grandes compañías que promueven los cambios incrementales y transformacionales, la manipulación de la información y la reinstauración de la guerra como vía para imponer políticas irracionales, juntándose mansos y cimarrones para “matar bichos y parásitos sociales” llamados “los pobres del tercer mundo”.

Hoy ponemos en manos de nuestros indulgentes lectores estas cuartillas que servirán de clarinada para cuando haya que tocar tambores, que no será muy tarde porque todo tiene un límite de resistencia. Eso que lo entiendan los que nos aprietan demasiado. Al caído no se le ataca , porque devuelve con una estocada furiosa cuando menos se espera

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CAPÍTULO I
SOBRE NUESTRA
RAZÓN EXISTENCIAL

Ser humano es sentirse superior, con capacidad para enseñorearse sobre todos los demás. Nos elevamos por la inteligencia, pero somos más grandes en la medida en que nuestro corazón late por los que nos rodean.

Cada hombre, cada ser humano, es un misterio impenetrable que por más que sondeemos sus interioridades, jamás será posible conocer el hondón mismo de su íntima conciencia.

Por eso dice John Steinbeck que “el hombre es el único zorro que hace una trampa, le pone carnada y luego mete la pata”.

Es pues el hombre como la luna, que tiene una cara oscura que a nadie le enseña.

ENSOÑACIÓN
Van estos versos para encontrarnos con la realidad de nuestros estadios existenciales, por donde transitamos inexorablemente.
ENSOÑACION
Me enredaré en tus cabellos
buscando tu alma
mi mariposa blanca.

Me acostaré todas las noches
buscando en tus sueños, los sueños míos,
mi gorrión amarillo.

Me acurrucaré en tus senos
buscando en los latidos de tu corazón la vida mía,
mi ruiseñor rojo.

Algún día me dormiré en tu regazo
pensando en la muerte,
mi paloma negra.

Cuando ya no haya ni día ni noche, ni sueño olvidado,
llegará la ensoñación anhelada,
mi esperanza eterna.

SOÑÉ CONTIGO, MADRE

Soñé contigo madre. Aunque siempre estás en mi mente, no siempre logro captar tu imagen como la capté en mis sueños de anoche. Todos fueron para ti. ¡Cuántas cosas soñé!

En el primer alud de sueño te entrecogí en mis brazos para poder arrancarte el frío que te provocaba la calentura de una fiebre en soledad. Sentí la tibieza en tu túnica sudada por el frenesí. Te acurruqué como avecilla mojada en invierno. Te besé como niña de piel angelical. No hubo en mis sueños, ni sed, ni cansancio, ni dolor, ni hambre, ni fatiga. Anoche hasta los vientos se pararon para escuchar tu respiración y oír la voz de Dios a través de los pulmones de un ser casi perfecto en el amor.

De nuevo desperté y quise seguir contigo. Dormí otra vez.

Esta vez te vi de niña vestida con tul y lirios tan blancos como la espuma de mar. Pensé que la muerte de las almas angelicales fluye como el agua. Entonces junté tus cabellos con los míos y me dí cuenta, madre mía, por qué de estos amoríos. Tú no necesitas ser amada porque eres el amor.

Soñé, madre, que se te apuró la fiebre. Tiritas y tiemblas. Mis besos no son ungüento que cure tu quebranto, que está rompiendo el alma mía.

En las carreteras y en cada cruce de trenes me detengo a leer un letrero que dice sabiamente: “El tiempo pasa despacio”.

Es verdad, madre, todo ha sido lento, menos tu quebranto y mi angustia. No concibo el mundo sin tus ojos, sin tus abrazos, sin tus llamadas, sin tu infatigable lucha por ofrecernos amor con la donosura de tus encantos maternales.

Aquí junto a tu cama veo el mar cobijado de gaviotas que tanto te han inspirado siempre. Es una multitud cadenciosa que cae al mar formando copos de nieve caliente. Tu voz susurrante la oigo llamándolas porque con ellas quieres volar al infinito que te espera, allá donde tu alma me esperará algún día colmada de bondad y alegría.

Siento que te has calmado, sin embargo no me dices nada. Estás tan quietecita que prefiero dejarte disfrutar esa paz interior que reflejas.

El viento abre la puerta y esparce tus cabellos como sembrándolos en cada rincón de tu casita que dolorosamente parece que dejarás para no volver.

Madre, madre, te estoy llamando, responde madre. Prontito madre, contéstame aunque sea la última vez, mi madre. ¡Ay, si madre, te oigo, dime! Entre voces entrecortadas me dijo: “hijo, entiérrame sin lágrimas, cubre con polvo y arena mi féretro sencillo y lléname de tus últimos besos; trata de ser lo que he sido para tí. Cuando te encuentres solo, recuerda que jamás me apartaré de tí. Al abrir la puerta de nuestra casa para llevarme al camposanto, permite que la gente que me ha querido me abrace, para llevarme todo el calor humano del mundo que con gracia voy a dejar. De nada me quejo, pues qué puede ofrecer la vida que yo no tenga, si todo lo tengo teniéndote a tí.

La besé y ella me besó calladamente. Cerró sus ojos y voló como paloma mensajera que ha cumplido su misión y a otro mundo va a regar el amor que se llevó.

Ahora que te has ido, seguiré soñando contigo, madre, porque en mis sueños te revivo en cada latido del corazón mío porque soy carne de tu carne y tu vida es la misma vida mía.

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ME LLEVO TODO LO QUE ES MÍO

Los seres humanos somos tan arrogantes y soberbios que olvidamos a cada momento que nuestra existencia es tan breve y fugaz como la luz. Somos apenas nubes viajeras que se extinguen con el paso del sol.

No sé por qué nos aventamos de orgullo y nos preñamos de codicia queriendo arrebatar el mundo y ponerlo a nuestros pies. Somos tan ostentosos y egoístas que a cada instante provocamos ira y sufrimiento a los seres que nos rodean.

Cuando Renato Descartes pronunció su célebre frase: “cogito ergo sum” (Pienso, luego existo) nos dejó un mensaje bien claro: de todo podemos dudar, menos de que somos algo. ¿Qué somos? Seres mortales, frágiles y deleznables, aunque aparentemente somos casi perfectos, como diría el doctor Joaquín Balaguer.

La fugacidad de la vida está reflejada en un proverbio latino, que refiriéndose a la hora del reloj dice: “todo hiere, la hora mata”. Sí, la hora mata. ¿ Entonces por qué somos así? Somos así porque la falta de sencillez y de humildad nos hacen convertir en verdaderos gigantes enanos. Se sabe que el enano siempre será enano, aunque le pongan una montaña por pedestal.

El hombre no se detiene ante la inexorabilidad de la muerte. Sólo se acuerda de ella cuando se ve en serias dificultades. Horacio (Odas III) decía: “yo no moriré del todo, pues mi obra me sobrevivirá”. Por lo menos estaba seguro de que él era un ser transitorio y que todo cuanto hiciera en la tierra debería ser de bien para que la humanidad lo recordara por siempre. Otros, sin embargo, creen que su dinero los hará eternos. ¡Qué ironía!

Cuando el filósofo Bías, uno de los siete sabios de Grecia, nacido en Prine, oyó la voz de su pueblo que le pedía que recogiera sus pertenencias y huyera rápidamente porque se acercaba Ciro el Grande, éste contestó: “ llevo conmigo todo lo que es mío”. Sólo llevaba su cuerpo y su mente llenos de sabiduría y riqueza espirituales. Esta lección trasluce una belleza sin igual porque nos dice que tal como vinimos, así nos vamos. Entonces, ¿por qué tanta furia? Todo es vano y pasajero.

Vanidad de vanidades. Todo es vanidad. Vanidad es querer perpetuar la vida con una sola hazaña furtiva. De ahí el grito de César cuando vió entre sus asesinos a su propio hijo Bruto, le dijo: (¡y tú también hijo mío!). Ojalá éste grito nos pueda hacer comprender que por muy acorazados que nos encontremos, la vida termina allí donde comienza la ambición y la soberbia .
Solamente los ignorantes y necios huyen del irreparable tiempo y de la inocultable realidad de que todo lo que acumulamos cae en el vacío y la nada de esta vida. Somos pura nadería material; apenas somos grandes por nuestra espiritualidad.

Felíz quien pueda reconocer la brevedad de las cosas que quisiéramos perpetuar. Pensemos que detrás de las nubes está el sol, astro que de lejos brilla y de cerca quema. Por eso proclamamos que desde las entrañas del sol nos descubrimos ante lo permanente e inmortal.

Tenemos que comprender que todo lo que uno posee materialmente en la tierra es para el disfrute personal y de los demás. Jamás podrá llevárselos. Por desgracia, como lo material se queda, los herederos lo despilfarran con tanta rapidez, como se escapan las gotas entre los dedos. De ahí la famosa actitud del emperador Adriano, que pidió que lo enterrasen con las manos hacia arriba. Como señal de que nada se llevaba. En esa hora final todos nos sinceramos y nos doblegamos ante lo inevitable.

Así pasa con la gloria terrenal. Sólo la realidad nos enseña que el final de la vida es la última razón de toda aspiración. El odio, el poder, la envidia y la traición se borran con la muerte. La bondad, la filantropía y la participación destacada durante la vida, se eternizan con la muerte.

Jesucristo estableció el perdón, pero éste tiene una trampita. ¿Cuál?. Que hay que confesar el pecado para obtener el perdón. Sólo la confesión somete al corazón duro a su propia humillación. Todo el que se humilla le ha sido derrotada la maldad y la arrogancia. Es el momento en que pasamos de mortales a inmortales, porque nos hemos liberado de las más pesadas de las cargas: la culpa.

El hombre que fija su mirada en cosas supérfluas es como el tornado, que no dura una mañana, o como un chaparrón, que sólo permanece instantes.

Vinimos al mundo para combatir siempre. Nuestra primera hazaña de guerra ha de ser contra la pobreza, contra la naturaleza adversa, contra los que abusan del poder y se aprovechan de los incautos. El hombre ha de luchar contra la ignorancia, los terremotos, las sequías, las heladas, contra el terror y la tiranía.

Hombre es aquel que abre caminos entre montañas y quebradas, es aquel que crea fuente de riqueza material y espiritual para sus semejantes; es aquel que viene de lo falible buscando la eternidad desvinculada de toda arrogancia, es aquel que entiende que amarrarse a todo lo terrenal es pura simpleza y banalidad. Pura vanidad.

De nada sirve que nos paseemos con seda y armiño, con carros de lujo, y dignidad alquilada por el dinero. Por más oropeles que coloque en mi cuerpo, mi conciencia me está diciendo calladita que allí en el rinconcito donde se guardan las virtudes, apenas tengo arrimada una pizca de ignorancia y ostentación.

Andando por los alrededores del tiempo que todo lo juzga nos vamos a dar cuenta que nuestra vida mejor ha discurrido entre pasarelas de exhibiciones y unas cuantas copas de champán que con el tiempo han perdido su ambrosía, porque era espuma, y no más.

El rey Salomón, tan poderoso, jamás alcanzó hacer una túnica tan blanca y perfumada como el lirio, pero alcanzó a purificar su espíritu y dejarlo tan limpio e impoluto como el agua.

Suficiente razón tenemos para expresar al morir: “sólo me llevo todo lo que es mío”.

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DESCANSO ESPIRITUAL

Cuando nacemos y comenzamos a tomar conciencia de nuestra existencia auténtica, nuestro cerebro va plantando íconos con deseos y soñares que dejan un tatuaje en nuestra vida de tal forma que la obligan a trazarse objetivos a plazos fijos.

Con el correr del tiempo de lunas anaranjadas, muchas alegrías curvean nuestro destino, dirigiéndonos a las mismas entrañas del sol que a veces nos calienta y otras veces nos arde y abruma nuestras espaldas.

Con el tiempo la edad se nos viene encima, sin habernos descuidado un solo instante. Entonces las nostalgias afloran como torrentes de estrellas heladas, fugaces, huidizas, aventureras y juguetonas.

Con la llegada de los hijos, ese regalo maravilloso de la majestad divina, vamos dándoles a ellos en cada etapa de su infancia, los deseos y satisfacciones que para nosotros quisimos y que el tiempo nos robó. De pronto comenzamos a recordar nuestras 15 primaveras convertidas en cincuenta inviernos con pocas alegrías y mucho cansancio.

De pronto se nos han ido las primaveras como aves retozonas que con su trinar nos dejan encantados y que al final se nos van. Se nos van los hijos y sólo el helado invierno nos acompaña en nuestras noches de ensoñación donde los Reyes Magos ya no volverán, porque la ida de los hijos es el despojo que acrecienta más el sentimiento de añoranza.

Ya no hay tiempo ni fuerza para enfrentarse al turbulento invierno que tiñe de blanco nuestras cabelleras grises como aviso de que llegamos a los cincuenta años con rostros marcados por las agrietadas arrugas y el cúmulo de recuerdos olvidados que han dejado debajo de nuestros párpados.

Nuestra silueta ya vieja no se quiere ver al espejo y se refugia entre retratos guardados de viejos tiempos encantados.

Pero una noche revoloteada por luces invernales que avisa el nuevo año nos levantamos cual ave fénix, buscando la vida en el porvenir renunciando a un pasado que fue lo que se pudo y no lo que se quiso.

De nuevo cantan los mirlos, y las golondrinas vuelan presurosas dejándonos el perfume de un nuevo amanecer con una nueva vida. Aquellas quince primaveras que ahora son cincuenta inviernos comienzan a renovarse con aquellos vagos recuerdos llenos de glorias y de fracasos, pero al fin, es nuestra vida. Es el regalo más precioso dado por nuestro ser supremo.

Ahora me doy cuenta de que sólo he sido para otros y que aparté muy poco para mí y por tanto me voy a regalar una nueva vida sin recordar los besos que no me dieron, sin temor a retomar todas mis energías para darme la oportunidad de vivir auténticamente aquella etapa de sueños infantiles convertidos hoy en realidades adultas llenas de sabiduría y de grandeza espiritual. Es el tiempo de ser para mí y para los demás de manera trascendental. Ahora tendré mis propios Reyes Magos y nuestra barquita llena de nuevas ilusiones. He descubierto que tengo todo un mundo para mí y para mis semejantes.

¡Qué bien que he aprendido a vivir! ¡Qué bien que he vuelto a soñar! ¡Qué maravilloso volver a reír y cantar! ¡Qué gozoso es saberse amado por uno mismo para poder amar a los demás! Estoy rebosante de alegría porque descubrí que quise al otro más que a mí, descuidando mi propia dimensión humana y mi verdadera razón existencial que me dice que ame a los demás como a mí mismo, pero no más que a mí.

Ahora es cuando puedo soñar plácidamente, porque estoy seguro de que me elevé a la categoría que nuestro divino Señor me había reservado. Ahora sé que de Él vine y a Él he de volver. Todo el amor que presté a Él se lo devolveré.

Estoy descansado porque tiré al suelo mi torpe y pesada carga guardada en el baúl de los recuerdos y añoranzas de un pasado que ya no volverá. He tirado al mar de procelosas olas y de profundos acantilados, todas aquellas vainas que caprichosamente me atormentaban.

Estoy descansado porque espiritualmente aliviaré toda mi existencia para poder decir: de verdad he vivido.

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PERFIL DE LA DESLEALTAD

La ocultación moral de nuestro ánimo hostil hacia la persona o institución que nos dan abrigo, cobijo y protección, con la intención de ocasionar daño, es propio de seres inicuos, pusilánimes y desleales. El desleal es bestia que desconoce a todo el mundo.

Thomas Hobbes lo definia como“homo homini lupus”, eso que se nos acerca amenazante y que no podemos cuidarnos y ponernos a resguardo. Es casi imposible defendernos de ese enemigo que se nos acerca con una sonrisa y con cierta preocupación por nuestros problemas.

Julito Deschamps, nuestro bardo nacional, decía en una de sus canciones: “ ay,cómo duele y molesta una traición aunque sea, así en la imaginación, cómo duele, y aunque usted lo disimule, cómo duele una traición”. Esa canción simboliza el engaño y la traición, lacra que lacera los espíritus más nobles.

El desleal pulula por los gobiernos, por los partidos políticos y por todas las instituciones ofreciendo maravillas. Es el que nos despierta a cada día avisándonos las noticias más significativas; es el que más se preocupa por nuestra salud familiar; es el más celoso defensor de los jefes de las instituciones; es el que nos cuenta de todo y de lo suyo nada dice; es el que se ufana y se avienta de orgullo por ser amigo de los grandes, sacándole en cara a los demás que él es de los primeros, a pesar de haber llegado de último. En fin, tan “pegado”está que el que lo enfrenta pierde el afecto y estima del jefe. Eso sí, debemos decir a su favor que es un ser sumamente eficiente hasta que da su estocada trapera.

Esa escoria inmunda viene al mundo social como Caballo de Troya llevándose los sentimientos, las ilusiones y la fe de las personas de buenos y bonitos ideales. Ese ser resquebraja la moral de la familia y de las instituciones, llegando a convertirse en persona de “alta consideración y estima”.

Si usted lo quiere conocer más en detalle agréguele a su condición la de ser hombre espléndido y generoso en elogios. Es capaz de decir en público que todo lo que es se lo debe a usted. Es más, le dice a su familia, delante de su víctima, “ese que ustedes ven ahí es mi papá, si me muero sin cumplirlo, háganle una estatua a la entrada de mi casa como señal de perenne agradecimiento”. Pero de seguro que desde ese momento ya lo tiró al abismo y al olvido.

El desleal está próximo a dar el golpe mortal cuando le dice: “Jefe, se comenta por ahí, tal o cual cosa”. Asegure usted que es él únicamente quien se está inventando tales infamias. Es tan arriesgado que es capaz de infamar a alguien con la consabida condición de que le guarden el secreto, sabiendo que el único secreto que no se conoce es el que usted mismo se reserva .

El desleal sólo ataca por la espalda, impidiendo así la legítima defensa. De ahí que en el código ruso de Yaroslav se considera que el golpe que se da por la espalda con la espada desenvainada es menos punible que el que se da con la espada sin desenvainar,poeque se entiende que quien saca la espada de la vaina, da oportunidad a la defensa y que sin embargo quien se nos acerca con la espada al cinto, nos da motivo para creer que no quiere usarla para hacernos daño, y somos cogidos por sorpresa.

Hay una forma de deslealtad peligrosa que se verifica en las instituciones políticas y sociales, que se deduce cuando el desleal o alevoso ha violado las reglamentaciones internas rompiendo la paz y el sosiego colectivos. Aquí el alevoso hace acuerdos de paz que se van y vienen, que vuelan por los aires de las conveniencias del desleal que ha acumulado fuerza. Cuando se ve atrapado propone y firma la paz, pero vuelve y hace la guerra cuando con su inquina maldita logra atraerse nuevos adeptos. En su ocultación de ánimo de repente provoca una riña para encontrar nueva causa que excite de nuevo el antiguo enojo.

El desleal actúa con suprema maldad, con calmada premeditación y asechanza. Fiarse de él cuando propone la paz equivale a entregarle nuestra espada. Atacarlo por todos los flancos y desenmascararlo ante toda la sociedad, es una forma de evitarle a otros tener que verse amenazados por tan salvaje esperpento. Ese insidioso ser ha de ser anulado porque él encierra la maldad más abominable y despreciable.

El desleal entra fácil a la casa o a las instituciones porque aprovecha la ventanilla de la vanidad, ostentación y allantosería de los seres humanos. Si los hombres y mujeres fuésemos justos y le diésemos a cada quien lo suyo en base a sus méritos, esa polilla no entraría.

Aunque el desleal se enmascara a diario no es difícil descubrirlo porque siempre lleva portafolio color negro donde esconde su maldad y su hastío.

También camina presuroso porque vive espantado de su propia sombra; es audaz y atrevido como la mentira; se perfuma con esencias caras para esconder el olor a carroña que despide su cuerpo después de tirar en el abismo a sus mejores amigos; en definitiva, esa lacra se llena de compadres para usar el sacramento del bautismo como coraza o antibala que no penetra en su adusto cuerpo sin alma. Las víctimas del desleal, quedan enfermos y heridos anímicamente por mucho tiempo. A veces no logran levantarse de la caída tan estrepitosa que este fantasma malvado le ha proporcionado. Las deja parapléjicas psíquicas, sin fe y sin esperanza.

Encontrar un desleal no es difícil porque siempre lo rescatamos del fango y la cloaca. Lo alimentamos, lo calentamos, le damos abrigo y protección. El nos devuelve entonces una sonrisa leve.

Ah, cuidado, como es un chupasangre, generalmente queda con poder y siempre atribuirá su éxito a que su víctima careció de cerebro y a él le sobró.

Sin embargo, entre víctima y victimario sólo hay una diferencia: el primero lo dio todo con corazón y alma y el otro lo arrancó todo, con todos los agravantes penales de la alevosía, la premeditación, la asechanza y el escalamiento en horas desprevenidas. Ese es el perfil del hombre desleal que a diario toca nuestras puertas.

Cuando alguien le llegue como paloma con las alas rotas, revise si son alas o ponzoñas. Tómese su tiempo para conocerle y disimule su empatía. Sea discreto, que el desleal llega lejos porque usted se explaya en contarle su vida. Entienda que su vida es una historia que no puede ser contada con tanta facilidad. Jamás haga su autobiografía resaltando sus grandes dificultades porque el malvado desleal las usará como armas para derribarle, haciendo saber a los demás que usted es un ser de poca monta.

Algunas personas nos ufanamos de contar a los demás lo pobre que fuimos, que andábamos en burro, que vendíamos agua, que fuimos limpiabotas, que nos pusimos zapatos a los doce años, que montamos en carro a los 15 años, en fin, le presentamos nuestra parte débil al enemigo que de ahí en adelante sólo esperará la mejor oportunidad para estregarte en la cara lo que ya le habías contado. ¿Es un amigo leal?

Evitemos contar los pasajes desagradables de nuestras vidas porque pudieran servir de punta de lanza a nuestros enemigos encubiertos. Decir que fuimos muy pobres en nada colabora a mejorar nuestra imagen, muy por el contrario, la pobreza es una condición humana despreciable y desagradable, poco digna de rememorarla, salvo que sea un acto de sadismo psicológico.

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EL SUR PROFUNDO
ENTRE TRISTEZA Y SOLEDAD

Decía Goethe que “cada día hay que empezar a vivirlo como si fuese el primero”. Sólo el amor puede ayudar a vivir cuando nos encontramos frente al desamparo, la soledad y la tristeza.

Volver a la tierra y la región donde dejamos enterrados nuestros ombligos, donde sepultamos a nuestros abuelos, donde conocimos las primeras caricias infantiles de tórtolas enamoradas idílicamente, donde jugamos y nos bañamos en manantiales tan cristalinos como las burbujas de agua en peceras, donde al fin, dejamos guardados en baúles nuestros más puros recuerdos, es alcanzar su más alto reencuentro emocional.

Cuando corro presuroso por Azua, Neiba, Villa Jaragua, Los Ríos, La Descubierta, Jimaní, El Limón, Duvergé, Tamayo, Vicente Noble y Cabral, me encuentro con el feliz soñadero de mis costumbres y mis sentimientos, arrancados del hondón de su espíritu sublime e inquieto que se yergue respetuoso ante la grandeza del valor casi espartano que exhiben nuestras gentes que allí se han quedado desafiando la soledad y la tristeza, como quijotes de nueva ola.

Como es natural, mi primera parada ha de ser en Jaragua, quimera de mis sueños infantiles, nido de mis primeras avecillas atrapadas en noches de luna nueva, nicho de mis amigos angelicales dormidos entre el viento y el polvo calcinante que tuestan sus mejillas y les escaman la piel. Allí me detengo a saludar amorosamente a mis amigos de ayer y de siempre. Ellos, aunque sin fuerzas para desafiar su desgracia, aceptan sin dolor ni recriminación su vida incierta. Sólo un abrazo y un ¡adiós!, un beso y un hasta pronto puedo dejarles porque tampoco tengo tanto como para saciarle la sed acumulada de un período de sequía espiritual y material que ha durado tantos años. Pero al fin, el destino ha barajado las cartas para que nosotros las juguemos.

Cual expedición aventurera y de reencuentro, seguimos la ruta entre carreteras desérticas y pavimentos relucientes por el ardiente sol que nos quema hasta las entrañas, como si se tratara de selvas quemadas por la aridez del terruño donde se le ha negado a nuestras gentes la ensoñación y la inspiración. Entre selvas no exploradas caminamos desde las Clavellinas hasta Jimaní, donde se esconde el misterio sureño. La Descubierta y Boca de Cachón, dos oasis hermosos donde se recoge la vida y revoca la muerte. Allí mi eterno amigo Sócrates Méndez sigue luchando, braveando y desafiando la vida para que la muerte duela menos. Es un titán, un gladiador en el desierto, pero ama tanto su Sur Profundo, que aún pudiendo vivir en la capital, se resiste y hace acopio del soldado espartano que muere de pie antes que salir huyendo y dejar su pueblo atrás.

En Jimaní la confusión espiritual nos embarga. Cuando le hablas a una persona te contesta en patois (patuá) porque son más los haitianos pobres que lo habitan o se mueven en él, que los dominicanos ya dormidos entre cambrones y palos de meseta.

Se hace obligada una permitida entrada a territorio haitiano. Allí se confunde la policía haitiana con la dominicana como gritando que es tiempo ya de comprender que Haití y República Dominicana no son alas de un mismo pájaro, son las caras opuestas de una misma moneda, donde de un lado nos ven como un paraíso y del otro lado lo creemos un infierno lleno de cementerios sin lozas y sin cruces, porque quienes murieron vivieron sin haber vivido, pues si la muerte es inevitable, la vida también lo es.

Hace un sol asfixiante y no hay donde detenerse a comer. Posamos a Duvergé. La hora en que lo hicimos la gente parece que dormía porque los únicos que estaban acostados en los bancos eran los chivos y las gallinas. Duvergé es un pueblo pujante que siempre ha desafiado su propio destino y sabe vencer las adversidades.

Cabral, cuna del general Buenaventura Báez, con su entusiasmo especial por sus fiestas patronales y sus desfiles de gagá, nos hizo comprender que ellos también desafían la adversidad como lo demuestra Mariíta en la esquina del parque, donde siempre se sentó mi amigo José Delio Báez.

En fin, el viaje que fue para dos días se redujo a uno porque las cosas se nos tornaban difíciles por tratarse de la Semana Santa, pero jamás por falta de cariño y de solidaridad con los habitantes del Sur Profundo, que aún embargados por la tristeza y la soledad, siguen siendo pueblos que esperan la solidaridad de los gobiernos, no para que les regalen, sino para que los encaucen. Si no lo creen, lleguen a Tamayo y Vicente Noble, pueblos azotados por el ciclón Georges y levantados de las cenizas como el ave fénix. Ellos, sin descanso, siembran y cosechan para todo el Sur Profundo y para los citadinos también.

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LA ÚLTIMA SOLEDAD

La soledad es un estado psicológico que se manifiesta con pesares y melancolías por la pérdida o ausencia de algo querido o añorado. Se abruma el alma y se daña la vida cuando se vive en soledad.

La soledad se enseñorea de nuestra ensoñación y nuestros recuerdos. Entonces se da un permanente desencuentro entre lo que quise ser y lo que soy. Asistimos a una búsqueda permanente donde nuestra conciencia ya madura nos hace saber que aquello que abandonamos fue lo mejor que pudo sucederle a nuestra vidas.

La juventud, tesoro dejado caer al fondo del río, se nos fue cual gota de agua entre los dedos. Es ahora, en esta soledad última, cuando nos damos cuenta que todo se nos ha hecho tarde. Tarde para decirle a los padres (que ya no están) que fuimos muy duros con ellos y que sin embargo allá en el hondón de nuestras almas les estamos agradecidos por sus esfuerzos para prevenirnos de las desdichas que nos acechan a cada instante.

En este tramo de la vida, de otoños y de primaveras heladas, muchas cosas se nos quedan sin saber por qué. Entonces despertamos y nos enteramos tardíamente de la soledad del amante sin la amada, de los hijos sin sus padres, del padre sin sus hijos, y del amigo sin su amigo. Nos lastima el corazón por haber retenido unos adornos que bien debieron ser para que nuestros hijos más necesitados pudieran adelantar el paso en ese trote de nuestra existencia.

Surgen a raudales las ilusiones y las quimeras. La vida de antes no la cambiaría por otra si pudiera volver a vivirla. Allí donde retozamos con nuestros amiguitos de infancia jugando con muñecas de trapos o con barquitos de papel. Recordamos a la hermana María y a la Tía Minguita llamándonos para que nos bañásemos. En nuestra última soledad aparecen los abuelos como aquellos emperadores poderosos que de todo nos protegían.

En esta fría soledad nos damos cuenta que fue equivocado de parte nuestra habernos creído que hacíamos la historia. Con el golpe de los años y de la experiencia advertimos que nosotros sólo padecemos la historia. Eso duele, pues siempre estuvimos preñados de causas sublimes. ¿Y para qué? Al fin, aceptamos que sueños, sueños son.

Creímos que dos entre dos era igual a uno y que ahí estaba expresada la igualdad. Pero se nos olvidó que los que suman y multiplican son los que viven de nosotros. Es grande saber que este mundo sólo es un mundo de desigualdad para que los lobos se coman a los corderos.

Casi siempre nos preguntamos lo que ya está contestado: “No hay nada nuevo bajo el sol”, porque el corazón del hombre es hoy lo que fue antes, una bolita seducida muchas veces hacia el bien pero vencida por el mal.

Todo parece confirmar que la vida se afirma en el sufrimiento. Entonces es correcto encontrar en las lágrimas la claridad de que esta vida que nos es dada tan incompleta, sirve de acicate para fortalecer nuestro espíritu. Somos pues, como el hierro, forjado a fuego puro. Por tanto, hemos de sonreírle a la vida que nos ha permitido conocer tanto.

Por esto y por lo otro, perdemos el sentido de nuestras vidas al nunca ser llenadas de realidades, pero sí de vanidades que nos plantean serias y angustiosas interrogantes acerca de nuestra existencia. Nuestros ojos se obnubilan dejando una sensación de desazón un tanto inexplicable cuando contemplamos el mundo que dejamos como heredad.

Pudiera interpretarse que la vida es una especie de dolor irrevocable e irresistible. No, muy por el contrario, la vida es una permanente conquista del bien, sin atisbos ni escapismos.

La vida para ser bella en todo instante solamente hay que dejarla fluir libremente, sin espantos ni espasmos. Todo natural.

En esta última soledad todos los menos se juntan para hacer un más allá.

Y pensar que mucha gente no lo cree.

En esta última soledad, descubrimos por los tantos abriles y otoños vistos pasar, que la misión del hombre consiste en nunca terminar los proyectos que ha iniciado, sino superarlos constantemente.

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GANADORES Y PERDEDORES

Perder es dejar de ostentar lo que se tenía, es ser vencido, es no dar con el camino cierto, es conturbarse ante la entrega de lo conquistado.

Es bajar del poder a tocar el polvo de la derrota, es ser olvidado y humillado por los que antes nos ensalzaban.

Ganar es conquistar, es apostar y recibir, es coronar la lucha en victoria, es hacer suyo el territorio en posesión de otro; ganar es merecer, es vencer, es ser venerado y endiosado. Es ser humilde, inteligente, honesto y visionario. Es concertar, consultar y obedecer para mandar. Según tu conciencia, así lo verás.

Se gana al perder y se pierde al ganar. Prefiero la dignidad del que pierde y no la ruidosa algarabía del que gana. Es cuestión de estrategia, es asunto de sabiduría y de prudencia para revertir los efectos de ambas situaciones en un crecimiento humano hacia lo superior, mediante la tolerancia y la paciencia.

Platón en sus diálogos “La República y Las Leyes” dice que es cuestión de forma eso de ganar y de perder. Sólo a través del bien se mide lo ganado. El hombre inteligente sale ganancioso tanto en las adversidades como en las experiencias afortunadas.

La condición humana se manifiesta y se enmarca dentro de una conceptualización crucial y contradictoria cuando se asume el poder, debido a que después de pasada la resaca de la contienda, la mayoría de los actores se desploman ante la sensación de soledad o ante la sensación de la victoria no recompensada.

Los ganadores advierten que sus líderes los abandonan, cerrándoles todo acceso a la comunicación directa. Los perdedores se asombran de que hasta sus más cercanos colaboradores les han sido infieles y desleales. Ya no se recibe el abrazo que estremece las espaldas y revienta los pulmones, ya no se oye la expresión de “valiente y pujante compañero de la zona equis”, no se reciben las llamadas para las reuniones, ni para la compra de los boletos de ayuda, ni para la asistencia a las cenas, ni para tomar prestado el vehículo para ir a San Benito; al fin, lo único que sabe el ganador es que su líder cambió los teléfonos, que ya el celular lo toma un asistente y que el jefe siempre está en privado. Se asombra el ganador porque, ya desesperado, acude a la casa de su líder, pero ¡ah que suerte!, hay guardianes que impiden todo acceso y sólo dicen: “No tengo instrucciones de dejarlo pasar ni puedo avisarle nada al jefe”.

Los que se sacan el premio en la “lotería” de las designaciones y pueden quedar en un puesto público, pronto construyen vallas burocráticas y protocolares que le hacen recordar al ganador plebeyo aquel famoso dicho popular ¡“ay, me engañaron”! Ese es el virus de las insensateces y las deslealtades que permean el cuerpo del mundo político.
Los perdedores, cual seres antípodas , se colocan en la Torre de Babel donde se habla en lenguas confundidas. Sólo se oyen ellos mismos cual voz de Oráculo de Delfos sin pitonisa, o como cántaros vacíos, haciendo reclamos infundados que no son mas que pataleos .

El perdedor llora. Su orgullo y su fanatismo lo trajo a la realidad más amarga: la derrota. Se olvidó que los pueblos al final siempre ganan y aplastan muy fuerte a los que los traicionan.

Los ganadores han de aprender muy bien la lección del perdedor. No importa lo fuertes que sean. Aquí cada dos años (con las elecciones legislativas y presidenciales) demostraremos de qué somos capaces.

El perdedor, si quiere reconquistar el poder debe pedir excusas y buscar el perdón mediante una autocrítica sincera, por no haber sido capaz de oír el latido del corazón de un pueblo sencillo y humilde, pero lleno de coraje a toda prueba. Entre los perdedores hay hombres humildes y honorables, verdaderos caballeros. Perdedores que aceptan con gallardía su derrota y reinician esfuerzos para vencer en la otra contienda.

De los ganadores sólo se espera sencillez y aplomo. La victoria se recibe con humildad y se ejerce con generosidad. Para eso es el poder.

Construir un nuevo modelo de gobierno para no ser frustración del pueblo ha de ser la meta.

Cuando las cosas se ponen difíciles, el turno es de los fuertes, porque las olas siempre están de parte del marinero más audaz.
Al fin y al cabo, a los hombres se les juzga por lo que han conseguido y no por lo que han emprendido.

Ganadores y perdedores, por el mismo camino van. Todo es cuestión de medir bien los pasos. Por uno se llega a la gloria y por otro al abismo.

Hay que mirar hacia atrás para entender la vida; pero hay que mirar hacia delante para vivirla.

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A LA HIJA MÍA

Solita la dejó el día esperando la oscura noche en que su suerte al río echó. Solita se está yendo la vida de la hija mía con sus treinta primaveras relampagueantes y treinta largos otoños que le descubren las canas que al viento nunca tiró. Siempre quiso ser pura como en el amor.

Como diciendo está, ella la hija mía, que por respeto y honor se dejó crecer las faldas con sandalias de mañanitas, sin que se las manchara el manzano silvestre nacido de mala tierra. Ella, en su castillo de ilusiones, en su pequeño mundo mágico de hija idolatrada fue alcanzada por el corcel que camina despacio siempre (el tiempo) y que nunca se cansa de cruzar quebradas y ríos de virajes bruscos y aleves.

A ella el tiempo la marcó. Su soñado y adorado novio no le cantó canciones de amor, sino de olvido y resignación. La consideró atrasada y fuera de moda porque no le brindó la miel y la ambrosía de sus besos infantiles, ni tampoco le dio de su carne virginal que enrojecía su morbo y su libido impropio. La llamó torpe y terca porque le complicaba su mundo de apetitos y deseos desenfrenados. Él entonces se ausentó como el que nada ha dejado. Ella desesperada, arriesgando sus principios lo llamó y le dio a beber la dulzura y la fragancia que salía de sus senos purpúreos. Así le tocó su cuerpo virginal de guitarra valenciana en cuyo diapasón sus notas y sus acordes sacaron la melodía del dolor y del hastío.

Desde aquel día la flor de lirio mustia y triste quedó. Aunque había sido una celosa vigilante de su dignidad. Más pudo el miedo a la soledad que su propia convicción de que todo árbol deshojado se seca con el tiempo. Allí derramó su amor en corazón ajeno.

Entonces ella aprendió que vivir y ser amado es estar en el otro, como vive el hijo en el corazón del padre, como vive el hijo en el vientre de la madre; vivir es sentir en cada latido del corazón un murmullo que cosquillea el alma, es sentir los dedos tibios de la comadrona que nos trajo a la luz para saber la grandeza de nuestra existencia, donde todo es más claro y luminoso.

Desde entonces no hubo en ella más amargura y, bajo el laurel del patio, tranquilamente dormida, abrasada por sus propios brazos, todo renace como en la vida de antes. Todas sus penas las recogió y las tiró al río y debajo de un samán a lo lejos vio correr sus penas entre piedras y meandros que el tiempo se llevó.

En el mar de sus ojos descubrió que todos los mares eran azules, que su vida era antorcha apagada, que era hermosa y que con su cuerpo de manantial y nave al garete jugaría con los hombres de miradas llenas de morbo y de lascivia. Se volvió un remolino y todos los hizo temblar de deseos cuando acudieron a la fruta jugosa y dulce que no podían atrapar. Y allí, furtiva-mente, todos enloquecieron de amor no correspondido.

Ella, la hija mía, está más allá de mi muerte, porque es prolongación mía que amo más que a mí mismo y de tanto amarla mucho daño le causé. Si yo, tu padre, pudiera decirte todo lo que te quiero te diría que eres alondra de mis sueños, complemento de ensoñación, sazón de los sabores de la vida mía. Hija mía, te pido que tu alma no se endurezca por un desengaño pasajero. Vuelve con trompetas al nido de amor, sin resabios ni retaliación con los hombres. No todos son lo mismo ni son iguales. Ama de nuevo de manera indócil. Tú naces de nuevo en cada mañana, sin llantos ni lágrimas, como el mártir que de la guerra viene, sin odios ni rencores.

Hija, jamás te sientas ser hoja seca. Eres flor en botón por donde yo respiro y recibo tu aliento; eres mi razón de vivir; eres como ánfora que destila siempre inspiración y ganas de vivir.

Hija, recuerda que todo cambia, menos mi amor por tí. Lo que soy como hombre perece pero resurge a través de tu vientre bendito y así lo que parece que murió revive saliendo de tu carne.

No vueles lejos del nido donde el gavilán te pueda cazar de nuevo. Conserva el aroma del amor filial que te dejamos tu madre y yo impregnado en todas las paredes y en cada rincón de tu casita paternal. Allí te hemos dejado muchos nidos y nichos empapados de fragancias nuevas, traídas con el vuelo migrante de las aves y con el murmullo de las burbujas que los peces en su viaje silente nos regalan.

Hija, has venido al mundo para vencer, no para ser vencida; viniste para perdurar, no para poblar la tierra sin dejar frutos; viniste para cantar y no para llorar; viniste para ser acompañada por la permanente inspiración, no para dejarte atrapar de la monotonía; viniste para colocar en tu collar un rosario de cuentesitas que simbolizan la mujer de hierro, la mujer de siempre, la mujer eterna.

Por eso, en cada paso tuyo, he de encontrar las huellas de la hija sin tiempo que vuela por encima del dolor, de la agonía, del olvido y de la muerte.

Tú no morirás jamás, porque como en el olimpo, la musa de la inspiración se quedo contigo. En tu cuerpo de guitarra conservas el encanto de los hombres, en tus pechos el amor filial, en tu voz de alondra la mágica sensación de la vida.

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DE LO EPOCAL A LO TRASCENDENTAL

La época actual constituye uno de esos momentos críticos en que el pensamiento de los hombres está en vías de transformarse radicalmente.

Dos factores fundamentales intervienen en esta revolución epocal: Primero, el cuestionamiento de las creencias religiosas, políticas y sociales de donde se derivan los fundamentos de nuestra civilización; y, segundo, la creación de condiciones de existencia y de pensamiento enteramente nuevas, a consecuencia de los actuales descubrimientos de la ciencia y la tecnología que abren grandes interrogantes y crean profundos temores.

No estando destruidas totalmente, sino a medias, las ideas del pasado, que son aún poderosas y estando solo en vías de formación las que tienden a substituirlas, la edad del conocimiento (como se le llamará) representa un período de transición. Es la crisis epocal.

De este período, circunstancialmente caótico, no es posible predecir, por ahora, lo que podría surgir en el futuro. Difícil es saberlo. Pero lo que se ve por venir es que tendremos un poder nuevo, supremo, soberano de las muchedumbres. Este soberano se enseñoreará sobre las ruinas de tantas ideas, tenidas antes por ciertas y hoy destruidas por los nuevos descubrimientos y la imposición de valores ajenos a nuestra fisonomía histórica.

Es posible, casi seguro, que cuando nuestras antiguas concepciones vacilen y desaparezcan, las viejas columnas de la sociedad se estremecerán y se desplomarán, obligando el aparecimiento de un nuevo orden mundial.

Entonces sólo las muchedumbres, guiadas por la razón, el conocimiento y la prudencia de hombres sabios, podrán evitar la hecatombe de toda una civilización. Llegará entonces la “era de las muchedumbres”, que servirán de muro de contención contra los que usen la ciencia y la tecnología como medios para destruir al propio hombre. Las multitudes son muy poco aptas para el razonamiento, pero son muy aptas para la acción contra todo lo que les dañe. Vendrá entonces el derecho supremo de los grupos, que remplazará el derecho omnímodo de los poderosos que pretenden aniquilar a las multitudes para enseñorearse tomando como arma el retorcimiento de las ideas y el conocimiento.

Surgirá, como contraposición trascendental en el mundo de las ideas, que filósofos, teólogos, sociólogos, antropólogos y humanistas en general asumirán la dirección del relevo del absurdo. Pasaremos de una sociedad capitalista una postcapitalista donde, según Peter Drucker, la persona educada será el arquetipo para una vida de luz; será el sendero luminoso del nuevo orden.

Es visible y predecible la aparición de una nueva generación que aumentará su poder con el conocimiento fáctico. Tendremos generación nueva para responder al absurdo de una época nueva. Generación es el cambio del no-ser al ser. El cambio el ser al no-ser, es la corrupción (dejar de ser). Esta generación se planteará, dentro de este mundo técnico y científico, una existencia auténtica donde el hombre representará el valor más preciado de todo cuanto exista en la tierra. Ese hombre natural no podrá ser alterado por la vía tecnológica, bajo el entendimiento de que la tecnología debe ser puesta al servicio del hombre para superar exitosamente los fenómenos de la naturaleza que le agravan y modifican su vivir.

La historia nos enseña que la acción destructiva de los descubrimientos puestos en manos de hombres sin suficiente respeto por el ser humano, ha dado al traste con las civilizaciones. Esa acción destructiva obliga hoy a buscar en el pasado (caso de la ciudad de Alejandría) el eslabón perdido de la cultura greco-romana.

Una reducida aristocracia intelectual ha torcido el destino de las civilizaciones, actuando con perversidad y barbarie. Sin embargo, ahora le tocará a las muchedumbres instruidas detener el derrumbe del edificio de las civilizaciones. Es el tiempo del reinado de las muchedumbres inteligentes, que tendrán como misión proclamar la actualidad de la existencia”. Para Kierkegaard la existencia es el existente humano que goza de pura libertad de elección. El único que está en capacidad de existir es el que puede tomar una decisión.

Entre lo epocal y lo trascendental las mayorías ilustradas (muchedumbres selectas) decidirán el futuro de la humanidad en el mundo de los megas (megaproyectos, megamillonarios, megaestados, megasufrimientos, megapobreza). Las muchedumbres selectas podrán decidir el tamaño del bien y del mal.

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DE LA OSADÍA DE ESCRIBIR

Los que escriben tienen legiones de lectores muy auspiciosos, toda vez que con su lectura nos estimulan a seguir haciendo esfuerzos por brindar, aunque sea cíclicamente, a la sociedad algunas orientaciones sobre lo que nos suponemos atrevidamente versados.

Los que nos leen lo hacen de forma afectiva unos, y de forma efectiva otros. Los primeros son con los que familiar,profesional y políticamente nos identificamos. Los segundos no nos conocen y sólo nos leen porque quieren encontrar en nuestros escritos una orientación a sus inquietudes profesionales y sociopolíticas. Estos son más críticos, más exigentes y de tiempo en tiempo te hacen las observaciones correspondientes, que por lo general son muy enriquecedoras.

Escribir, más que un oficio, es un arte. El escribir como oficio es retribuir el ejercicio intelectual con una pizca de beneficios. A veces esta forma de escribir carece de originalidad, ensoñación e ideal. El escribir como arte es tratar de volar con los sentimientos en las alas de la inspiración. Es un descubrir el elan vital; es provocar que nuestras glándulas de secreción internas arrojen su energía para sacarle ganas a la modorra espiritual; escribir es traducir el pensamiento alto a través de signos convencionales. En fin, escribir como arte es un parto bello y sublime, preñado de sabiduría y prudencia, en procura de lograr comunicar lo que no se debe ni se puede callar. Pues si se calla, muere la vida, como dice el cantor.

Los distintos géneros de escrito obedecen básicamente a la aprehensión o valentía de quienes escriben. Unos escriben en sentido figurado queriendo arrancar con ello una gema al surco que lo vio nacer y convertirla en su obra de arte, en una especie de bolita de cristal donde todos nos veamos reflejados. Otros, por el contrario, son más atrevidos, directos y cáusticos, pudiendo su reciedumbre de estilo y de carácter menguar el valor artístico, que se fundamenta en la gratuidad de la libertad para pensar y en la imparcialidad de las ideas para alcanzar la belleza y el goce de la obra de arte.

Escribir engendra simpatías y antipatías básicamente cuando se especifican cosas, se nombran personas o instituciones. De ahí que quien escribe debe tener su mente y su talento, no sólo orientados a producir su obra sino a resguardarse. Esta actitud en modo alguno puede entenderse como una actitud pusilánime, es más bien una respuesta adecuada a las circunstancias donde a nadie se le puede obligar a suicidarse.

El que escribe no debe ser asumido por el lector como su vocero. Sería esta una pretensión un tanto equivocada, toda vez que cada quien debe buscarse la forma y el medio a través del cual quiere presentar sus inquietudes. El que escribe es apenas un soldado solitario que decide abrir la guerra a un batallón bien fortificado. La única diferencia con el soldado cuartelario es que aquél disparará balas y el que escribe dispara ideas en tinta, donde el lienzo de su obra de arte es una hoja de papel blanca usada como el lirio.

El que escribe, el que es artista, busca la cumbre, la cima, sabiendo que tiene que subir. Claro está, tendrá sus resbalones. Ascender demanda trabajo y persistencia. Cuando se llegue a la cumbre no nos envanezcamos.

A glorias como Honorato de Balzac su fama le costó 20 años pegado a un banco de trabajo, para lograr 74 obras maestras de la literatura francesa. Miguel Ángel que era cojo y tenía la nariz rota, pasó 20 meses tendido de espaldas en un andamio de la Capilla Sixtina, dedicado a sus pinturas murales para lograr completar 343 figuras que deleitan e inspiran al más abúlico de los seres humanos.
Este sacrificio humano de los autores mencionados fue objeto de encendidas críticas en su momento, pero no hubo vacilación alguna en ellos. Por el contrario, desafiaron sus propias limitaciones humanas buscando su propia expresión y su indiscutible dimensión.

Todo el que se dedica a las ciencias y al arte cuando se le pregunta sobre cuál de sus obras es su aporte mejor, siempre contestará: “La próxima”. ¿Por qué? Porque lo cosechado es para el consumo, uso y disfrute de los demás. Toda producción nueva que oriente el mañana es más cautivante que lo que ya está hecho porque el hombre con ojos de fanal ha de mirar siempre hacia el horizonte donde se junta el futuro y lo infinito mezclados con burbujas de esperanzas nuevas.

El artista de las letras es el hombre que se coloca más allá del modernismo con sus escuelas vanguardistas, averroístas, dadaísta, y nihilistas. El artista creador es el que reprocha al postmodernismo su constante aflicción por lo banal y pasajero, por lo de hoy sin mañana. Ese postmodernista se vuelve arrogante porque sólo acumula para invernar, pero no para proyectarse hacia el futuro. Su futuro es hoy y su presente ya murió.

El que escribe, al fin, es un visionario alpinista que sube a la cima de la montaña y desde allí ve que en la cima sólo quedan unos pocos con cerebros, porque todo lo globalizaron y el pensamiento se convirtió en barro duro y las ideas encarceladas por la ignorancia y la falta de fe en un mundo mejor.

Escribir, pues, es una osadía para romper con la monotonía de lo pueril e insignificante.

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BALAGUER:
UN INCRÉDULO RECURRENTE

A Carmen Sánchez, poetisa del amor y de la fe,
que siempre demanda otro tiempo descalza entre las piedras.

La filosofía de la antigüedad, a la cabeza de sus representantes más prominentes, planteó con suma cautela y prudencia lo que podríamos llamar el “vacío existencial”. Otros llaman a ese vacío “angustia existencial”. Ese vacío se plantea cuando nos preguntamos ¿de dónde vinimos y para dónde vamos? Ahí es cuando el doctor Balaguer, en un artículo en el periódico El Siglo, abre un profundo agujero con astilla dura de escepticismo sobre la inmortalidad, aunque hábilmente no la niega formalmente, pero en el fondo duda totalmente de un destino más promisorio que el presente que vive cada quien.

Siempre se han establecido dos caminos para encontrar respuestas a este vacío. Para Sócrates, Platón y Aristóteles, “todo lo que nace muere y todo lo que muere revive”. Es este el eterno devenir de Heráclito, en el que todo es producto de la lucha de los contrarios, donde la extinción de uno representa la vida del otro mediante la descomposición. Claro que sí, pero referido al mundo de los sentidos solamente.

Parménides de Elea en su poema “Sobre la Naturaleza” dice que dos son los caminos por los cuales puede dirigirse el pensamiento para encontrar la verdad: el camino de la razón y el camino de los sentidos. El ser que es, es único, eterno, incorruptible e inmutable, y sólo al conocimiento del Ser que es, puede llamarse verdad. El no ser, el ser de los sentidos, (el material), es el ser de la opinión, del error y de la doxa o conocimiento vulgar. De ahí que la senda del mundo sensible (de los sentidos) nos conduce a la ilusión que los mortales aceptamos como única verdad lo que en verdad es un reflejo de ella. El nacer y el morir son puros verbos. Solo el Ser. Uno es inmóvil, real y verdadero. El ser de los sentidos corresponde a nuestro mundo físico que no es real y que es la fuente de ilusión y de error. Prueba de estas verdades intrascendentes son las afirmaciones que hemos dado siempre respecto a hechos y fenómenos, por los que más adelante nos vemos obligados a desdecirnos, porque otra verdad circunstancial y temporal la superó.

Durante la Edad Media, San Agustín, buscando la explicación a la duda sistemática afirmó que “si de todo dudo, por lo menos acepto que la nada existe”. Y si existe la nada, ella misma algo es, porque no hay predicado sin sustantivo. Si la nada es nada,¿cuál es su sustantivo?.

Más adelante Santo Tomás de Aquino dio respuestas sabias a nuestra duda sistemática. En su Suma Teológica plantea lo siguiente:

Primero: “Todo lo que se mueve es porque primero fue estático”. Se supone que todo cuanto existe y se mueve, es puesto en marcha por un motor estático (Dios), y que él tiene todos los predicados y todos los atributos.

Segundo: “Ninguna causa puede producirse a sí misma porque tal cosa implicaría su existencia anterior. De ahí que esa primera causa es Dios, que ha sido causado por sí mismo.

Tercero: “Las cosas nacen y mueren, lo que quiere decir que pueden ser y no ser. Esto supone que hubo un tiempo en que fueron, y como no puede producirse de la nada, indudablemente existió algo antes que las creó.

Estos sabios razonamientos, que los dudosos sistemáticos no osan contradecir, fueron inteligentemente complementados por el más grande de los filósofos de la Edad Media, el famoso Renato Descartes. En su “Discurso del Método” convierte la duda sistemática en “duda metódica” a través de su famosa expresión: “Cogito Ergo Sum”, (”Pienso, luego existo). Dice Descartes: “Asumamos que dudo de todo cuanto existe, pero después de pensar debo aceptar que no puedo negarme a mí mismo y que existo no por mi voluntad sino por la voluntad de otro; por tanto fui creado por una voluntad pensante que es Dios, que tiene el don de la ubicuidad.

El doctor Balaguer escribe en el periódico El Siglo, de fecha 17/5/99 abordando el concepto de inmortalidad. Para él todo lo que nace muere, porque pasa de un estado a otro, y que al pasar de un estado a otro se produce una descomposición que engendra una nueva vida “que nos es desconocida”. Esa nueva vida está determinada por las leyes físicas, químicas y biológicas que corresponden al mundo de las ideas sensibles, al mundo donde las cosas son hoy una cosa y mañana otra. Ese mundo contingente no da respuesta a los planteamientos de Santo Tomás ni a los de Renato Descartes.

El mundo del Ser corresponde al mundo de las ideas y del pensar, donde nada hay fuera de Él. Es este el mundo de la razón, despojada de cualquier determinación natural y humana. Hablamos del Ser que es todo pensamiento, que no es corpóreo, ni material. No cambia, es infinito. Es el Ser sustancia.

El mundo de la naturaleza es un constante No-Ser porque es producto de nuestras limitaciones humanas, donde las cosas hoy son sí y mañana son no. Todo se mueve y todo se contrae. A este mundo muchos pensadores como Hugo Grocio y Espinoza lo han endiosado, asegurando que la naturaleza era Dios. Después de la naturaleza nada existe, suponen ellos.

Claro, la naturaleza es Dios para los que viven sólo el mundo de lo tangible, de lo transitorio y circunstancial.

El doctor Balaguer razona que si Dios es inmortal y los hombres están hechos a semejanza de Dios, por tanto los hombres son inmortales. Este silogismo es correcto, pero sucede que más adelante habla de los resultados científicos de la sonda espacial que se posó en el planeta Marte y comenzó a enviar señales al planeta Tierra y que éstas determinaron que Marte podría contener microorganismos de los primeros indicios de vida, dejando entender que todo lo que nace muere y que allí donde hay muerte, es posible que hubiera vida orgánica. Su concepción al final es la duda de si Dios es Dios o si la naturaleza es Dios. Claro que sutilmente insinúa esto último.

Para el doctor Balaguer, la vida es sinónimo de cuerpo. Él parece no separar ambos conceptos. Recordemos que él, en “Memoria de un Cortesano de La Era de Trujillo”, insinúa que la inmortalidad es un mito, cuando dice: “el mito, si es en verdad un mito la inmortalidad del alma, consuelo ofrecido por la religión al hombre, para saciar su ansia de sobrevivirse a sí mismo en creaciones no perecederas”. Ese concepto, indudablemente, lo afirma a él como un incrédulo recurrente.

Luego, con la muerte de su hermana Ema, en el recordatorio del primer aniversario de su fallecimiento, escribe lo siguiente: “Yo, aunque he dudado siempre de todo, creo ahora en todo después que te vi morir”. La profunda tristeza y la soledad circunstancial aparentemente variaron su afirmación.

Pero esta nueva actitud del doctor Balaguer es una celada, toda vez que en el último párrafo se expresa así: “Al cumplirse el primer año de tu muerte, no pido a Dios por tu descanso eterno, sino porque el mundo en que creíste y en el que hoy habitas, no sea un sueño ni se haya reducido para ti y para cuantos te quieren y siempre te querremos, en una gran decepción”. De nuevo recurre a la incredulidad.
El doctor Balaguer, realmente era un escéptico, un incrédulo convencido. Todo cuanto le sirve de contención para no explayarse más claramente sobre su férrea creencia de que después de la muerte no hay más nada, es su indefinible obsesión por la política y sabe que siendo más preciso encontraría sectores que lo denostarían y hasta lo excomulgarían.

Balaguer sólo creyó en la inmortalidad suya expresada en el recuerdo permanente que dejará su ingeniosa pluma y sus obras faraónicas que se mantendrán erguidas para siempre como las de Pericles en la “Grecia Eterna”, o como las de Francisco Franco en la “España Infinita”, o como las de Churchill en “Inglaterra Inmortal”.

De todos modos, su incredulidad ha de ser motivo de hondas reflexiones, porque son salidas de un alma superior, enriquecida por variadas experiencias que no siempre son observadas por muchos mortales.

En mi humilde apreciación, la incredulidad del insigne poeta y político de fuste, se debe a que ha alcanzado tan larga vigencia que le ha permitido conocer las fragilidades humanas y viendo que somos casi perfectos y tan deleznables, ha de concluir en que sólo somos piezas de un ajedrez.

La incredulidad de Balaguer es producto de una profunda e íntima reflexión que debe conducirlo, como a Descartes, hacia la verdad definitiva.

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LLUVIA DE PIEDRA

La lluvia caía con tanta furia la noche en que Pepé enfermó gravemente, que las gotas de agua sobre el zinc de su casa de madera, más bien parecía que había sido objeto de un ataque terrorista con piedras lanzadas por grupos desaprensivos de esos que todo lo interrumpen, con sus ideas trasnochadas de viejos tiempos añorados que ya no volverán.

La fiebre cubrió todo el cuerpo del viejo en unos cuantos segundos. Ardía su cuerpo como una cacerola en fogón con leña de cambrón. La vieja Nanana, su esposa, no atinaba a encontrar el trapo para secarlo y rompió su falda de seda raída por el tiempo y las inclemencias. Le pasó el trapo por la frente y el pecho, y entre voces entrecortadas por el frenesí, él le dijo: “Gracias compañera de siempre, ya veo que lograré lo que siempre me propuse, morir en tus brazos como única afirmación de que como tú, sólo mi madre me ha amado tanto”.

Calladito Pepé, muchos ratos más nos quedan juntos. Dios todavía no puede separarnos, pues tenemos unos hijos cuya existencia estaría tronchada si tú no estás con ellos, le decía Nanana mientras notaba que de nuevo se bañaba de sudor y su cuerpo tiritaba del frío que la fiebre alta le ocasionaba.

Vieja, siento que me duele la cabeza. ¿Será que alguna piedra de esas que están cayendo sobre el zinc me ha alcanzado? ¿Quién podrá habernos atacado de esa forma, si a nadie le hemos dejado de hacer bien, pues el mal nunca se ha anidado en nuestras almas?, razonaba Pepé en su fiebre delirante.

Pepé, le dice Nanana, lo que estás oyendo son gotas de agua sobre el techo de la casa que iguales nunca las habíamos conocido. Es tan fuerte la lluvia que no se puede salir porque está todo en tinieblas. Sin embargo, el agua no está corriendo por el alero. ¿No es eso raro, Pepé?

Vieja, pero te dije que son piedras. Aguántate Pepé, voy a salir sea como sea, le dice Nanana, llena de sospecha y de temor, pero con más valor que un soldado fronterizo.

No, querida, espera que me alivie. Ya me estoy sintiendo mejor. ¡Cómo he mejorado! Me estaba muriendo. ¿No es así compañera? Claro que sí Pepé, pero yo me comuniqué con papá Dios y rogué por tu salud y él me orientó a través de la conciencia y me iluminó para que te hiciera un té bien caliente con hojas de guanábana y limón, con un poco de “berrún”.

Ya siento que me puedo levantar y tengo que salir a ver quien ha aprovechado la llovizna que cae para sacarnos a pedradas. Hombres como yo no se merecen tratamiento tan desconsiderado. Parece que nos atacan para robarse el ganado, pues oye como braman los toros y las gallinas se tiran de la mata y huyen desesperadas y se meten en la cocina, le sugiere Pepé.

Vuelvo -dice Nanana- a recordarte que es la lluvia que cae y no permitiré que salgas, salvo que se te haya volteado el juicio y quieras someterte a un auto castigo que bien denunciaría tu terquedad e irracionalidad conservada allá abajo en el hondón de tu alma donde se aloja toda conducta primitiva e irracional.

Vaya, vieja -le dice Pepé- ahora me estás dando de beber en la fuente de Tomás Hobbes que aprendimos cuando éramos estudiantes de Filosofía en la Escuela de Valentín Quiroz. ¡Qué pena que no seguimos, por haber venido a este campo a ser maestros! No, no hay que arrepentirse, de todos modos ya hemos cosechado un granero de profesionales que nos reivindicarán.

Si Pepé, dejamos la Escuela Superior convencidos de la nobleza de la enseñanza enamorados de estas montañas, y sus ríos y sus ensenadas. Entendimos que la verdadera Filosofía se estudiaba a través de la naturaleza con sus hombres, su fauna y su flora. Aquí hemos visto la verdad. No te pongas nostálgico por eso. Recuerda que una cosa dicen los libros, pero la vida tiene otras letras. Prefiero la filosofía que se aprende a través de las luchas y los desafíos que las circunstancias te presentan. ¿No es así Pepé?

Ah, caray, si lo que tengo es una verdadera filósofa campesina, retirada de la enseñanza y matrimoniada con la vida y la existencia. Vieja, me alegro que estés satisfecha y alegre. ¡Ah, y como no vieja, si te he regalado tres hijos; uno es maestro!, otro estudia Ingeniería y el otro es lo más grande, pues ha salido poeta.

Gracias, viejo, por las bellas expresiones. Sin embargo quiero decirte que hay algo que me mantiene en un permanente vacío. Ese algo que no sé de dónde vengo y hacia dónde voy.

No vieja, ese vacío existencial que experimentas se debe a que no le has dado sentido a tu vida. ¿No ves que tenemos tres hijos, que tenemos una finca bellísima y que hemos gozado de buena salud y parece que ya no pasaremos mucha hambre. Eso es suficiente para dar gracias a Dios por habernos dado tanto. ¿No sabes tú que lo único permanente es el camino, según lo que aprendimos del maestro Quiroz?

Es verdad Pepé, dice Nanana. Lo tenemos todo, ¿Te acuerdas cuando el profesor de filosofía nos decía que cuando queramos saber de dónde vinimos y para dónde vamos sólo tenemos que pensar, sin duda alguna, que si estamos aquí, ahora, de seguro que estaremos en otra parte mañana a través de la misma sustancia?

Vieja, no sigamos con estos razonamientos porque las piedras siguen cayendo más fuertes en el techo y parece que lo van a agujerear. Tengo que resolver esto aunque se me encienda la fiebre de nuevo.

No Pepé, aguantemos. Puede suceder que nos tiren más piedras, aunque me parece que vienen desde arriba, de lo alto... En eso Carmen advierte que le sube de nuevo la fiebre. Se apresura a buscar otro pedazo de trapo, le prepara otra pócima del remedio aquel. Pepé sospecha que la situación se empeora y le dice de todos modos: vieja, confieso que he vivido de acuerdo a la providencia. No he sido muy rezador, ni me he tocado el pecho expiando mis culpas porque no las tengo. Ahora no hay razón para hacerlo, pues de nada tengo que arrepentirme que no sea, quizás, el día que permitimos que un guardia llegara a nuestra casa a golpear a nuestro hijo Cuco sin haberle descargado la escopeta vieja esa a esos guardias insolentes.

No Pepé, nada tenemos que reprocharnos. Aquel infeliz guardia murió poco tiempo después de una papera revolteada y gritaba como un niño. Ese fue su castigo, le dice Nanana.

Oye vieja, me he aliviao, siento que mi cuerpo tiene brío como potro nuevo. ¿Está amaneciendo o es la claridad de la luna lo que me está iluminando el camino?

No, Viejo Zorro, tú sabes que está amaneciendo y se para-ron las pedradas sobre el zinc porque saben que los vamos a ver, y los cobardes sólo pelean en la oscuridad para dar asechado.

Ah, pues, yo voy a salir. Ven conmigo Vieja. Veamos qué fue lo que pasó, decide el viejo quejumbroso y jadeante.

Caray Pepé, si es verdad, es una montaña de piedra convertida en hielo, dice Nanana. No vieja -dice Pepé- es una montaña de hielo convertida en piedra. ¿De dónde vino ese hielo Pepé? Ah, de ahí arriba, de las nubes. Te acuerdas del profesor Quiroz cuando nos dijo que algún día tendríamos lluvia de piedra. Ahí la tenemos. ¡Bendito sea Dios! Eso fue lo que se llama una granizada y su madre, dijo Pepé.

Ahora me felicito por haber conocido lo que es una lluvia de granizos. Por eso me dijo el profesor Quiroz que cuando te caían en la espalda quedabas inválido. Y así es. Bendito sea Dios. Vieja, que dentro de un tiempo más, tendremos lluvia de nieve.

Vieja, esta bendita lluvia de piedra debe habernos enseñado que mientras más vivimos más cosas nuevas podemos ver y aprender.

Para esperar otra lluvia de piedra debemos vivir en paz y satisfechos, dejando pasar lo que no podemos atajar.

Que viva la lluvia de piedra, Vieja, para contarla por los días de los días, amén, proclamó Pepé.

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A PROPÓSITO DE CIERTOS SABIOS

Se ha puesto de moda que personas con altas posiciones sociales les falten el respeto a los demás constantemente prevaliéndose de su acorazado uniforme y de la protección que reciben de las instituciones a las cuales pertenecen.

Estos sabios no tienen el menor grado de humildad para con los ciudadanos. Se presentan como sabios ostentosos, chalanes, bonzos, allantosos y parleros.

Son verdaderos zoilos, taumaturgos, ignaros, irascibles, turbulentos y frívolos, que viven en las cavernas en pleno siglo de las luces. Su intolerancia, su hastío, su vacuidad, su prurito por descalabrar a los demás, los hacen torpes, abusadores, melancólicos, odiosos e inquisidores.

Son dignos de toda pena y acreedores de todo el hastío.

Así viven estos especimenes exóticos de la sociedad, purgando en el agridulce de la vida todo su veneno y su maldad. Para ellos un abrazo antes de que se internen en el infierno, que de seguro ya les está reservado porque para eso han vivido y trabajado.

Ya los veo caminando con portafolios negros donde guardan todo su rencor, su desamor, su poca vergüenza y su deseo irresistible de que el mundo se detenga a sus pies, porque son tan tartufos que no se dan cuenta que están pisando en la tierra que para todos Dios nos reservó.

La soberbia con que actúan los hace pensar que ni el tiempo ni el espacio se detienen ante ellos, pues no han entendido la transitoriedad de la vida y la nadería que representa lo circunstancial. Confunden la vanidad con la grandeza.

Son seres atemporales y antípodas. Siempre dicen actuar a nombre del bien común, pero detrás esconden su insaciable sed de poder y riqueza.

Si alguien pudiera actuar de manera cuerda y averiguar el hondón de estos sabios almidonados, comprobará que son unos verdaderos truhanes y taimados.
Para ellos mi hastío y aborrecimiento. Y, amén!

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SOBRE EL AMOR MASCULINO Y FEMENINO


El hombre cual lobo salvaje, esta siendo atacado y perseguido por un sector de las mujeres que encienden la tea de la revolución femenina. Ellas, en tropel o en convoy, o ya solas o mal acompañadas, abominan del hombre como si éste fuera la causa de todos sus males. ¡Qué pena!

Ellas solas, o juntas como peregrinas, en busca de una nueva categoría de vida, se han ofuscado y obnubilado enfilando sus cañones contra el lobo que no es. El hombre siempre será su mejor amigo y su más acabado complemento.

Nuestras dulcineas nos reprenden como si fuésemos Satanás, pero son incapaces de renunciar a nuestra compañía.

Del mismo modo, nosotros sin ellas somos cual golondrina que no hace verano.

Para las mujeres todas, ofrézcales estas reflexiones del francés Dionicio Diderot:

Mujeres: “¿Qué significa la frase “os amo”, pronunciada con tanta ligereza y tan frívolamente interpretada? Pues significa en realidad: “si queréis sacrificarme vuestra inocencia; perder el respeto que os debéis a vos misma y que os tributan los otros; andar entre los otros con los ojos bajos, a lo menos hasta que por el hábito del libertinaje perdáis toda vergüenza y renuncien a todo estado honesto; matar de pesadumbre a nuestros padres y darme un rato de gusto, yo os quedaré reconocido... son, en resumen, el comentario de todos los discursos lisonjeros que se les dirigirán, y nunca será demasiado pronto para prevenirlas”.

Las mujeres han sido históricamente la representación del amor, la bondad, la paciencia, la admiración y la adoración. Ellas representan esa quimera que todo hombre busca. Algunos las alcanzamos totalmente, otros a medias y otros nunca. Sin embargo, todos los hombres apostamos a la dulzura, el amor, la fidelidad y la lealtad de la mujer, como aceptando que sólo en ellas se encuentran tan sublimes propósitos.

Nadie como la mujer permanece con tanta devoción como compañera inseparable de nuestra existencia. Es inconcebible que un hombre pudiese vivir totalmente ausente del amor de una madre o de su esposa. Amar es dar y recibir, es un tú y un yo conjugado para poder llegar al nosotros. Sin la mujer, único sujeto de amor reafirmado, el hombre zozobraría, sería como un témpano solitario en medio del océano. En el amor a la mujer nos descubrimos y prolongamos nuestras existencias a través de los hijos procreados, llenos de dicha y felicidad. Es ella la mejor realización de nuestro ser y de nuestra razón vital.

La respuesta del hombre al feminismo liberador e irreverente ha de ser de prudencia y alta consideración, sin que con ello permitamos que voces destempladas y altisonantes puedan agredir al primero de todo lo creado: el hombre.

El hombre como eje central de la creación humana ha tenido que asumir los mayores riesgos para proteger a su familia y a la patria, para darles la representación, el respeto y el orgullo que se merecen. No hay grandeza sin patria y sin hogar. Llamarle a eso machismo es una mezquindad.

Sin embargo me parece que las feministas confunden la acción bestial y la brutalidad de algunos hombres que abusan de algunas mujeres en situaciones inaceptables para cualquier ser humano mínimamente educado.

La mayoría de los hombres no nos sentimos representados por la barbarie, todo lo contrario, hemos construido la civilización y la cultura junto a nuestras esposas dándoles hijos ejemplares a la sociedad que sirven de sostén a la conciencia universal.

Juzgar a los hombres por las acciones desaprensivas de unos cuantos ignorantes es como querer castigar a las mujeres por las infidelidades atribuidas a muchas de ellas que han sido decisivas en hechos de barbarie cometidos por sus esposos.

A muchas mujeres se les atribuye ser las causantes de los principales crímenes de la humanidad, amparándose en sus encantos femeninos. Por ejemplo, la hija de Herodias le pidió a Herodes que para encantarle debía ser a condición de que le entregase la cabeza de Juan el Bautista. Y Herodes se la entregó. ¿Son malas todas las mujeres por acciones como esas? Sería injusto afirmarlo cuando sabemos que nuestras madres son unas santas y nuestras esposas ángeles que nos vigilan y cuidan siempre.

Así que las feministas deben buscar por otro lado la razón de su amargura y su desdén por los hombres. Quizás, producto muchas veces de su propio afán de orientación hembrista, han caído en muy profundo y oscuro hoyo desde donde sólo se oyen lamentaciones.

No son tantas las mujeres hembristas, apenas son un grupo ruidoso. Tienen clara su visión de que desean actuar como hombres, pues las hembristas- feministas son tan opresoras con sus maridos que éstos han llegado a formar una “asociación de maridos oprimidos”, porque se han cansado de ser unos mantenidos por sus mujeres. Ya no quieren seguir lavando, planchando, cocinando y recibir por paga una alcoba fría, llena de reclamos y de lamentos. Ya ellos también sienten que su función como domésticos de nuevo estilo requiere de reivindicaciones legítimas, pues sólo son usados como sementales, igual que a un potro se le asigna una yegua.

La opresión no es propia del hombre como macho. Es del humano como ser insaciable, dominante y egoísta. Es pertinente recordar que Agripina mató a Claudio para que su hijo Nerón fuera Emperador; que Herodias hizo matar a Juan el Bautista para ocultar las bellaquerías de Felipe, hermano de Herodes; que Catalina de Rusia mató a su marido Pedro III para ser reina; que Isabel Primera de Inglaterra gobernó dictatorialmente y ordenó la muerte de María Estuardo y de su amante; que Margaret Tatcher ordenó el bombardeo más desdichado contra los argentinos en las Islas Malvinas. Sin embargo todas esas barbaridades no nos deben certificar que las mujeres son malas. Malo fue su corazón de manera particular. Actuaron igual que el peor de los hombres.

Por tanto hombre y mujer es una sola cosa. Hombre y mujer se unirán a través del lazo del matrimonio. Y lo que Dios unió, no ha de separarlo el hombre y mucho menos las feministas por pura frustración particular.

Hombre y mujer somos el centro mismo del universo. Somos el alfa y omega de la creación.

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ENTRE RECUERDOS Y OLVIDOS.

Fue un día cualquiera el día en que nacimos. Mas ese día se hizo especial para nosotros, porque con el nos descubrimos ante la luz y el mundo; porque cn él empezó un rosario de cuentas infinitas que de tanto contarlas, ya muchas las recordamos y muchas las hemos olvidado.

Las que hemos olvidado no es por mal agradecidos, pues de verdad que podemos decir como muchos: “Gracias a la vida, que nos ha dado tanto, nos ha dado el llanto y la alegría, sonrisas tiernas y besos helados. Hemos olvidado para sacar de nuestra memoria todo dolor que hiera los sentimientos de nuestros afligidos corazones.

Tampoco olvidamos por falta de amor. Por el contrario olvidamos por tanto amor prodigado inmerecidamente. Amor que ha chorreado a borbotones entre burbujas de dudas de parte de quienes lo han recibido, pues la vida siempre nos tiene guardadas desagradables sorpresas, provenientes principalmente de quienes han sido nuestros hermanos y amigos más gratificados.

Así, de ese modo, como loca caravana corren los días de nuestras vidas sin aviso de parada, marcando un solo final que no tiene fecha, ni hora. En el tren en que viajamos como pasajeros, muchos van tranquilos porque la vida les ha sonreído y la dicha los ha protegido de los vendavales del infortunio. A otros, por el contrario, se les tuerce el alma y se les enjugan las mejillas por el llanto retenido durante años y más años esperando la oportunidad que nunca llega. Para estos la vida ha sido una tragedia.


Cuando las puertas del tren se abren avisando el final de un periplo de vida sin amaneceres y lleno de anocheceres, quedamos petrificados en el andén, sólo abrazados en los andamios inmóviles, sin nuevos caminos y sin nuevas promesas. Ya no hay regreso a otros tiempos. La vida se nos ha venido encima sin haber logrado bastante. Así es mi vida, la tuya y la de cada cual, que le pasa un aquí y un allá, y un ¡adiós!

Bastaría pues con echarnos en los contenes a pregonar nuestras desdichas. Esas que han tatuado las sienes y han reducido enormemente nuestra capacidad para iniciar un nuevo viaje con aventuras y desventuras. Esa vida en que muchos se ahogan porque nada les ha ofrecido, porque no han sabido vivirla apasionadamente, con alegría plena y con espíritu bondadoso y agradecido.

Ese día nace nuestra tragedia existencial y entramos en shock de obsesiones intempestuosas, interpretando que la vida exige siempre una férrea voluntad de vivirla, vivir que se exprese en dominio y voluntad de poder para muchos. Tanto y tanto buscamos que al fin no nos resignamos a aceptarnos como el ser que Dios hizo para cada quien, sino que seguimos buscando por encima de Él a un superhombre que sólo tiene como moral el dominio, sin detenernos a ver a nuestros semejantes hundidos por falta de una mano amiga, ¡Qué pena que no saben que la vida plena es la vida sencilla!

Cuando decidimos salir del andén y cruzamos la calle más próxima, la luz del día alumbra hasta lo más profundo de nuestras vidas. Descubrimos pues, que buscando el superhombre quisimos matar a Dios, guillotinar la providencia y decapitar la vida. Entonces el fiax lux: luz de sabiduría.


Así aparece la vida póstuma y vamos al rescate de la esencia de nuestra existencia, tratando de comprender el valor de la redención. Esa buena nueva es anunciada para hacer de nuestra existencia banal, una existencia auténtica cargada de amor. Regalamos sonrisas frescas para los demás, totalmente libre de lo accesorio, circunstancial y pasajero.

La vida ha de ser permanente afán insospechado para los demás, para insuflarle energía y vitalidad de tal modo que ella sea razón y paradigma para penetrar hasta donde todos aspiramos llegar; a esa vida que nos es dada vacía y que tiene sus minutos contados para llenarla por nuestra propia cuenta. Esto es, ocuparla en hacer lo correcto y lo bueno, pues ella corre de prisa y hay cosas que cumplir por mandato supremo. Es menester someternos a un programa de emergencia y renunciar a algunos posibles y preferir llenar nuestro espacio y nuestro tiempo existencial de urgencias vitales para poder prolongarnos más allá de lo tangencial y verificable, sin que, cual paloma, seamos cazados por el gavilán de la muerte sin haber encontrado nuestro nido final.

Entre recuerdos y olvidos revisamos la ontología de la vida y podemos asegurar que la vida es puro tránsito espiritual. Por tanto, cualquier día en que la muerte llegue ha de ser recibida con lirios blancos y candelabros relucientes.

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CARMEN SANCHEZ
UNA VOZ DEMANDANDO
OTRO TIEMPO

Mujer culta, cerebral y amorosa. Maestra de ternura aterciopelada, propia de la mujer de estirpe que une la inteligencia en el punto preciso entre la humildad y la grandeza.

Recorrer sus versos es atraparse en las sabias eufonías de las siringas apolíneas totalmente poetisa, totalmente madre y determinantemente maestra. Con su poncho tirado al viento se descubre entonces la figura simétrica de la Gioconda replicada por la naturaleza divina, como un regalo encantador de los dioses para el deleite de los hombres que la miran.

La poetisa y maestra lleva clavado en su pecho el latir del corazón de cada niño que al atrio de su escuela humilde lleva buscando sabiduría y comprensión. Su vocación de maestra es tan profunda y frondosa que puede restarle intensidad a su fina vena poética que con tanto talento exhibe. Ella pinta con palabras lo que a diario hace con las manos y el cerebro.

Es tan amante de lo niños, que desde niña, su vida ha sido la niñez necesitada. Braveando, gritando y tocando corazones, a maestra-poetisa llega a ser Directora General de Educación Inicial. En mejores manos no pudo caer la planificación de la educación de la niñez, porque Carmen Sánchez sostiene en sus finas manos la robusta lira de Salomé Ureña de Henríquez.

Carmen no se detiene en el aula. Prosigue buscando en el techo alto de la existencia humana otro tiempo, donde sus bellos versos románticos y académicos sirven de regalo para aquellos a cuyos corazones la vida no les ha robado todavía la predisposición al ensueño y a la alegría de vivir.

Leyendo su obra poética “Demandando Otro Tiempo”, el espíritu se recoge y el alma se eleva cuando cita de cada niño de su escuelita pre-escolar un sabio e inocente pensamiento que nos permite comprender hasta donde nuestras criaturitas infantiles son capaces de elaborar ideas sobre lo que debe ser el hombre terrenal.

La Secretaría de Educación tiene en la poetisa Carmen Sánchez a la maestra convencida y entregada a la palabra sin tiempo, porque como en la cita que ella hace de Hemingway: “El mundo nos rompe a todos y nos hacemos más fuertes en las partes rotas”.

Por eso ella está “Demandando Otro Tiempo” en el que aparezcan “las manos de los que amasan ternura” para sentirse amada, para sentirse comprendida, para ser buscada “en caso de inevitables extravíos”.

Se aproxima el día del maestro. No hay fecha más propicia para proponer que las instancias de la sociedad que eligen los profesores meritorios, hagan honor a quien honor merece: Carmen Sánchez, maestra, poetisa y mujer de fino estro.

Con ella el sistema educativo nacional se crece porque en ella se anida la vocación y la laboriosidad, convertidas en paradigma para estudiantes y profesores, en tiempos en que lo bueno siempre escasea.

Abigail Mejía, la gran poetisa del Este, nos enseñó a soñar como Pilarín, porque soñar no cuesta nada. Sin embargo, sólo sueñan los que en su frente siempre tienen una larva que le cosquillea para sacar de adentro el ingenio y la sabiduría, como la maestra y poetisa Carmen Sánchez.

Te acompaño, Carmen Sánchez, en tus desvaríos de poetisa del amor y de la fe, que siempre demanda otro tiempo descalza entre las piedras.

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EL HOCICO DE LA ANCIANIDAD

Como las estaciones del año, el hombre tiene sus primaveras, sus veranos, sus otoños y sus inviernos. El hombre despunta a la vida cargado de afectos y amores infinitos prodigados a raudales, salidos de las fuentes inagotables del ánfora de la vida. De niños, en primavera, todos nos aman y a todos amamos con la inocencia y la ingenuidad de un corazón sin malicias.

Cuando ya crecemos y nos convertimos en jóvenes ardientes y fogosos, no creemos en nada ni en nadie. Somos como corceles desbocados a quienes nuestros padres les imploran que nos detengamos, pero al fin vencemos y soltamos las riendas para ser arrastrados como potros que gritan y relinchan. Es el tiempo del verano de la vida, donde todos abrazamos sin cesar el fuego que nos abrasa el corazón. Es el momento en que formamos parte de la armada invencible: la arrogancia, la incomprensión y la adquisición de valores diferentes a los enseñados por nuestros padres. Es el tiempo en que nuestros paradigmas son los de afuera, los de la calle. El hogar, la escuela, la iglesia y el grupo familiar han perdido sentido. Estamos todos tan altos y acelerados que no hay freno alguno que detenga este carro de la perdición.

Como todo árbol que da fruto, llega el tiempo de la cosecha. Algunos que sobrevivieron al ardiente verano existencial, se detienen y vuelven a lo que habían abandonado para sembrar de nuevo. Vuelven a su hogar y a la familia. Entonces forman la suya y descubren el amor a través del que prodigan al fruto de su vientre. Es cuando aflora la grandeza de ser padre y, calladito, se comienza a ver a nuestros progenitores como la mayor y bondadosa creación divina. Pues parece que sólo pasándome a mí, puedo entender lo que le pasa al otro. Es el signo de que ha llegado nuestro otoño donde se caen las hojas para renacer de nuevo y donde los frutos desnudos los contemplamos como la obra más perfecta de la naturaleza humana.

En el otoño de nuestras vidas somos padres. Es la etapa en que nos convertimos en verdaderos hijos. Es cuando se nos oprime el corazón y se nos enjugan los ojos de llantos y lamentos porque no hemos sido hijos cabales. En este otoño vivencial renace el verdor de nuevas hojas de vida. En este otoño ya todo es maduro. Entonces sentimos que comenzamos a declinar rápidamente. Es así como buscamos columnas más fuertes y nos acordamos de Dios como único sostén.

Como sólo es permanente el cambio, del otoño llegamos al frío invierno. Es inevitable. Aquí, desde este promontorio de la vida, abrimos las ventanas del tiempo y como relámpagos fugaces damos vueltas a los recuerdos del ayer glorioso. Es la estación donde el tren de la vida hace su última parada. Ya no hay más andén. Todo corre sobre los rieles del sueño para abrir las compuertas del destino. Como las sombras que se pierden en el misterio de la tarde, todo se oscurece. Ya no hay promesas ni secretos escondidos en el alma.

Todo se pierde en los ramajes de los fríos vientos que nos obligan al invernadero donde se troza la vida activa y donde se apuesta a la mansedumbre y la quietud. Este frío invierno vivencial llena nuestra cabeza de canas cual copos de nieve, anunciando que ya el tiempo se nos acaba. Hay que hacer un viaje sin destino.

El que ha tenido la suerte de atravesar todas las estaciones, aprende a ver los ojos hermosos de nuestros familiares y amigos, a ver la bondad del perrito que antes pateábamos, a oler el perfume de otras gentes. Aprendemos a confundir la risa con la ternura, a ver el cielo junto al mar y pisar la tierra que nos recibirá calladamente con flores de despedida.

Las estaciones de la vida nos dieron la oportunidad de ver y oír bellas alboradas, de sentir el magnetismo del rumor de la cintura de la amada, de contemplar las cabelleras como hebras de flor cuyo aroma embriagaba nuestros cuerpos.

Sin embargo, ahora estoy dichosamente viéndome en el hocico de la ancianidad, curvado por los años de tiempos idos en que todo se me alarga, menos la vida. Desde la cuna vi que mi destino era servir al hombre porque con él sirvo a su hacedor, vi que nada era tan bello como ser humilde y trabajador. Jamás desperdicié un instante odiando a mis semejantes, muy por el contrario, tatué sonrisas y lentejuelas brillantes, color de estrellas, en cada rostro de los que amé.

Hoy en la tenacidad del frío invierno de mi estadía, siento que por haber obrado bien recojo como el más preciado regalo de los hombres, su respeto y admiración. Maravilloso es saberse apreciado y valorado. Este premio sólo se recibe y se merece cuando se ha jugado y apostado bien en la vida.

Entonces el amor brota intenso de fervor y borra la muerte para convertirnos en eternos, que viviremos siempre y para siempre.

Cada quien ha de confesar que ha vivido intensamente y que cuando el invierno le llegue será como mariposa multicolor que tiende sus alas en las más bellas flores. Con el néctar de sus alas dejado como regalo postrímero, será perfumada la vida de los que nos sucederán.

Así como las tardes mueren, renacen las mañanas con nuevas esperanzas. Así renacemos y revivimos la vida en tiempo mejor.

Verse y encontrarse con el hocico de la ancianidad es un regalo bendecido para que alumbre en él la alegría reflejada en las estrellas, los ríos y las montañas que nos vieron nacer.

Saber vivir es la mejor forma para entregarnos solazada-mente cuando llegue el momento cumbre de ver el hocico de la ancianidad tocando las trompetas por la llegada de la eternidad.

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UNA MIRADA AL PASADO.

En la década de los setenta, en el fragor de las luchas de esa época, aprendí que todos los que olvidan su historia, repiten su pasado oscuro.

Por más lecciones que hemos tomado y más páginas que hayamos leído, nuestro modo de convivir nos denuncia como seres ofuscados por los esplendores efímeros.

Estamos transitando por un bello islote perdido en las brumas, sin darnos cuenta que demasiados conflictos no llevan a ninguna parte y que demasiadas sumas no resultan.

Nuestro país experimenta un melancólico desdén debido a la tortura a que nos someten nu